Después de tener a mi segunda bebita, ya sabía lo que me esperaba: noches de desvelo, ropa extralarge, brazieres con abertura y pads de lactancia al por mayor. Sabía que me quedaría con 11 de los 16 kilos que subí en el embarazo y sabía que le daría pecho a mi bebita hasta que ella misma dijera “ya no” o en su defecto hasta el año de edad. Sabía que mis pechos se convertirían en algo que ya no era mío y que el dolor, la fiebre, la sangre o los calores propios de mi tierra, ni siquiera la terrible mastitis, podrían alejar a mi bebita de su leche materna. Y sabía que todo eso valía la pena.
Ya sabía que ese primer mes no es eterno, que iba a pasar y que mi bebé y yo íbamos a sobrevivirlo (detalle que no conocía cuanto tuve a mi primer bebé y que me estresaba terriblemente) que pronto me volvería a ver en los espejos (mi hobby preferido) y que algún día recuperaría mi condición de mujer y, por más imposible que pareciera, sabía que algún día podría volver a usar tacones.
Sabía que la depre post parto no es sicológica sino hormonal y sabía que la bebita no nació siendo experta en tomar de mi pecho. Sabía que mi marido seguiría sin saber nada, sin tener idea de lo que yo estaba sintiendo y viviendo; y que me aguantaría absolutamente todo, sabía que esa era su forma de amarme en ese extraño momento.
En fin, en la infinita sabiduría que da ese primer parto y que te hace hasta poder disfrutar del segundo, descubrí algo que sería trascendente para mi persona.
Un día me senté en mi cama a hacer un inventario personal. Tenia una bebita recién nacida, una nena de dos años, una casa nueva, y no tenía ni carro (el cual vendimos para comprar la casa precisamente) ni un peso para un gimnasio. Tenía un marido con empleo, una bici estacionaria, un cuarto sin usar, un video de pilates y otro de yoga, unas mancuernas y un tapete. Y la autorización del doctor para hacer ejercicio a los dos meses de parida. También tenía algo de tiempo libre en la mañana. Tenía sobrepeso y tendencia a llorar fácilmente y no tenía ganas de hacerlo.
Puestos los activos y pasivos de mi vida personal, reacomodé los recursos y decidí cambiar mi administración.
Para empezar tuve los elementos que me demostraron que el ejercicio se hace por gusto, porque es antidepresivo natural y porque es muy satisfactorio sentir que físicamente estás trabajando para ti. Fue entonces cuando descubrí el verdadero placer de hacer ejercicio. Toda mi vida el único objetivo de ir al gimnasio era adelgazar. Ahora no era así, era más trascendental: el ejercicio me ayuda a estar feliz y a sentirme bien y eso es mucho más importante (aunque no puedo olvidar los maravillosos efectos secundarios).
Me di cuenta que al hacer un inventario, ahí sentadita en mi cama, descubrí el panorama de mi vida, luego entonces, pude tomar las riendas de ella y trabajar por mi armonía personal y la de mi familia.
Decidí que mis hijas serían la prioridad de mis agendas y mi marido la de mis preferencias. Que las enfermedades son en su mayoría causadas por una mente agobiada y un alma descuidada. Decidí que fortalecería mi mente y mi alma para no enfermarme y esto les trasmitiría a mis hijas. Que puedo llorar, reir, sentirme bella o fea, tener aciertos o pasar ridículos siempre y cuando sea conciente que cada cosa tiene vital importancia en el inventario de mi vida.
Nada como enfrentar la vida con fe y esperanza, un placer leerte.
ResponderEliminarSaludos :)
Gracias Jorge, saludos!
ResponderEliminarPrimita no se por ke pero al querer registrarme como tu seguidora, no entra mi contraseña, o a lo mejor estoy media we...y para hacerlo.. lo seguire intentando.. o haber si me asesoras ..yrespecto al texto te puedo decir, nosotras las mujeres odemos tener diferentes personalidades, pero todas ( o la mayoria ) al final de cuentas: sentimos , pensamos, lloramos, reimos,gozamos,etc. igual , con la misma escencia la de una.... Mujer ... bello me encanto!!!
ResponderEliminarya pude !!!
ResponderEliminarque bueno Tere, bienvenida!
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