Vacío y suficiente, el dolor llega físicamente, y te enfrenta a una realidad que siempre tuvo la gracia de esconderse. El dolor detona caridad y empatía o bien, desgarra envidias y proclama maldiciones.
El dolor en el cuerpo llegó un día y golpeó la cabeza tan fuerte que no se salió pacíficamente. Una pluma en el viento era el cuerpo, sin voluntad, sin entrada, sin salida. El dolor hace bajar al infierno y tocarlo con un pie, y es cuando el cuerpo entiende su caracter purificador, analogía del fuego, que quema y limpia, y mata, y enciende.
El dolor llegó al alma una gris mañana de cumpleaños, casi siempre llega de manera sorpresiva, como si se estuviera escondiendo detrás de la cortina y esperara el momento más ingenuo para encajar sus puñaladas. Y la oprime y la ablanda, y un gran pie aplana el pecho que con suerte muy apenas se levanta.
El alma adolorida pierde su peso, se hace leve y por lo mismo levita. Toca con su mano el cielo y es cuando uno entiende el caracter divino del alma, que es capaz de soportarlo, de guardarlo, acariciarlo o soltarlo para que vuele con sus alas negras, desgarradas.
Al ser carne y alma aprendemos que el dolor con sus colores algún día llegará enfrentandonos al miedo, al delirio a la tempestad... efímero viajero que derrepente ancla. Y ancló.
Luego vuelve a amanecer, y el sol vuelve a brillar y el dolor puede esconderse, ya no lo quiero más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario