Con tanta teoría de la ley del pigmaleón, el Optimismo visualizó su propia redención y encontró a la persona idónea para llevar a cabo su plan.
Sin embargo, los demonios del día a día lucharán por derrocar al optimismo ya instalado en la optimista, quien además deberá permanecer con los pies bien puestos en la tierra, labor en verdad épica cuando se viven entre lo sublime y lo grotesco.
La optimista habrá de sopezar la realidad entre la información mediática que incluye el cúmulo galáctico de estrellas fugaces de televisa, hollywood y alternos, y la realidad cotidiana de una vida sin mayores complicaciones que la vida misma con lo simple, sublime y desgarrador que esto puede llegar a ser...
Entre la anécdota privada y el escrutinio público, y por supuesto, siempre atenta a líbranos de las balaceras amén, existen recobecos, esquinas, orillas, puntos y comas que ameritan reflexión, opinión no pedida, observación y porsupuesto chacoteo, nomás para no tomarse la vida tan en serio que luego se pone muy pesada.
No hay sís ni han nos, no blancos, no negros, no nuncas ni siempres, hay búsquedas eternas que no encuentran pero aplican.
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