Cuando sueño, más allá de mi conciencia se debaten en constante duelo a muerte padre e hijo, no se entienden, no perdonan, uno juzga, otro actúa... Sólo en ese instante onírico la desesperación se consuela con las ansias, y el odio se torna tan neutro que se pierde en ocres tintas de humo.
El terror no es controlable y juega con eróticos puñales que penetran en los ojos de aquel niño, que no llora, que no ríe, sólo juega con calores y con fríos. Una cara, que me duele, se desplaza sabiamente en la tormenta del instinto. Catártico velo que cubre un rostro religioso invisible. No hay valor para desnudarlo entre gritos, risas y gemidos, incapaz de describirlo, sólo el sueño metafora con lo que en vigilia no posee sentido.
Ese padre y ese hijo, poseción implícita en el ocaso del acostumbrado sentimiento filial e infinito. La verdad en lo profundo escarnece relaciones y enaltece lo prohibido...
Un paisaje con objetos que este siglo ha definido: una lápida, un espejo, un pecado sin castigo. Mi memoria se entusiasma y pierde límites, embriagada por el sueño, instante eterno, contínuo. Y el deseo sacrificado corre libre sin dueño, sin actas, biblias, policías o prejuicios.
Sueño, libre encierro del placer de quien calló cuando sonrió; de quien expuso a gritos los silencios de una vida llena de vacíos. Injuria que escupe a la tambaleante dignidad que, gracias a los demás es mía. Cálida sangre que pasea por el hielo de una mente que solo despierta cuando está dormida.
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